El 22 de julio de 2025, se apagó una de las voces más icónicas del metal.
John Michael “Ozzy” Osbourne, conocido como el «Príncipe de las Tinieblas», falleció a los 76 años, rodeado por los suyos y envuelto en el eco de sus propias leyendas.
En un baile entre tragedia y triunfo, Ozzy dio su último paso justo semanas después de su concierto de despedida el 5 de julio en Villa Park, Birmingham. Allí, la formación original de Black Sabbath se reunió una última vez, en un acto que puso punto final a medio siglo de estruendos musicales.
Sentado en su trono, frágil por el Parkinson, entregó el alma en un himno eterno llamado “Paranoid”, y la multitud lo aclamó como un héroe del pasado y del futuro.
La vida de Ozzy fue un poema sin censura: fundador de Black Sabbath en 1968, arquitecto del heavy metal con discos como Paranoid y Master of Reality, y después, voz solista en éxitos inolvidables como Crazy Train y Flying High Again.
En los 2000, abrió la puerta de su intimidad a través de The Osbournes, regalándonos risas crudas y una faceta humana, lejos de los decibeles.
Pero el poeta del caos también cargó con sus sombras: una batalla con el alcohol, el suicidio asistido por controversias, lesiones graves —incluida una caída que requirió 15 tornillos en la columna— y su diagnóstico de Parkinson, que llegó en 2019 y moldeó sus últimos años.
Este martes, tras una vida vivida a los pámpanos de la leyenda y el dolor, se marchó silencioso, rodeado de su esposa Sharon y sus hijos Jack, Kelly, Aimee y Louis.
Su partida deja un hueco tan hondo como su risa en el escenario y su voz única, pero su legado sigue vibrando en cada riff, en cada grito que resonará por siempre.
